Una pausa en el viaje para hablar de la fauna neozelandesa: la extinta MOA

Publicado: 19 de abril de 2012 en Uncategorized
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Como bien hemos explicado en algún post anterior, la fauna endémica de Nueva Zelanda es (o ha sido) muy rica en aves, voladoras y no voladoras. En este caso vamos a hablar de no voladoras una vez más, y en concreto de un ave que se extinguió no hace mucho por el ser humano: la Moa.

Eran aves no voladoras que habitaban en Nueva Zelanda. Se conocen diez especies de diferentes tamaños, desde la pequeñaa “Eurayapteryx curtus”, del tamaño de un gallo, hasta las moas gigantes, que alcanzaban los 3,7 metros de altura y tenían un peso de 250 kg.

Los moas aparecieron en el Cretáceo hace más de 90 millones de años, siendo sus parientes vivos más próximos, los tinamús de Surámerica, los kiwis, los casuarios y los emús de Australia están mas lejanamente emparentados siendo grupos divergentes de un mismo origen. Hasta tiempos modernos Nueva Zelanda y las islas que la rodean no estaban habitadas por mamíferos, por lo que era un ambiente que permitía a algunas aves adaptarse a hacer nidos en el suelo y a otras volverse no voladoras. Los moas se extinguieron alrededor del año 1500, poco después que los primeros cazadores maorís llegaran a las islas. Algunos creen que existieron pequeños grupos de moas hasta fines del siglo XVIII o inicios del XIX. De hecho, se cuenta algún avistamiento por parte de marineros a las órdenes de James Cook, en 1769.

Los moas, a diferencia del avestruz, el emú, el casuario o el ñandú, durante la evolución habían perdido completamente las alas, tal como ocurre con los supervivientes kiwis que se consideraban emparentados con los moas.

Para evitar la sobrepoblación, los moas alcanzaban muy tardíamente su madurez reproductiva: a los diez años de nacidos, como la especie de moa gigante “Dinornis robustus”. Esta demora facilitó su extinción, ya que no se dio una suficiente tasa de reposición ante el ritmo con el que eran cazadas por los maoríes. Los moas se alimentaban de semillas, frutas, hierba e incluso ramas.

La mayor parte de los huesos de moa se han hallado en ciénagas, otros en arena, lechos de ríos y cuevas secas, donde han quedado preservados trozos de piel y plumas. Se han encontrado multitud de fragmentos de sus huevos de cáscara gruesa, y algunos enteros, uno de ellos con un gran embrión en su interior.

Al contrario que los avestruces, los moas no tenían alas, ni siquiera alas rudimentarias. Sus patas eran muy robustas y relativamente cortas

 

Curiosidad:

Sus estrepitosos chillidos eran la mejor garantía para mantener la comunicación en el espesor de la vegetación. Las hembras, que debían ser algo más grandes que los machos, delegaban en ellos la tarea de incubar los huevos y el cuidado de los polluelos. Éstos, nidífugos y vivaces, salían de los gigantescos huevos (con cerca de 5 litros de capacidad en las especies más grandes) en un estadio de desarrollo lo bastante avanzado para seguir a su padre en pocos días. Como complemento a su dieta vegetariana, los más jóvenes comían también serpientes, invertebrados, ranas y otros animales pequeños de las islas

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