Archivos para abril, 2012

Seguíamos en el norte de la Isla Sur, pero esta vez en su lado más noroeste. El día anterior anochecimos en Marahau, un lugar muy gracioso, tanto por su nombre como por las costumbres de las gentes (en nuestro camping tenían como mascota una cabra atada a una caseta, si la cabra se movía la caseta iba con ella, un espectáculo…).

Era uno de los destinos que teníamos marcados como imprescindibles en la guía, así que teníamos muchas ganas de llegar a este punto. Marahau es la puerta principal de entrada al Parque Nacional de Abel Tasman. Este parque costero  es de fácil acceso es el más visitado de Nueva Zelanda. Cubre el extremo norte de una cadena de montañas de mármol y caliza, sembrada de cuevas y minas (por aquí se rodaron las escenas del SDLA de las cuevas de Moria y de Ella La Araña). Hay varias rutas por el parque, pero todo el mundo acude para recorrer la Coast Track, que tiene 51 km y es una de las más panorámicas del país.

Pero nosotros veníamos para hacer esta ruta por mar: en kayak! Sus espectaculares playas, calas recónditas, animales marinos y formaciones rocosas hacen que sea de gran atractivo para los remeros de todo el mundo.

Nuestro plan era alquilarnos un kayak e irnos a la aventura, menos mal que estos kiwis están prevenidos de la gente chalada y antes de darnos la embarcación nos dieron un minicursillo de: orientación, remo, qué hacer en caso de desgracias varias, cómo utilizar las bengalas, etc. También nos dieron un mapa plastificado, otro par de remos por si acaso, botes estanco y una tienda de campaña. Ya preparados y listos, decidimos que nuestras excursión iría desde Marahau hasta Anchorage Hut, un día remando de ir, dormir y otro día de remar para volver.

Vimos cantidad de focas, pájaros y algún pececillo, Al rezaba para que no apareciera ninguna orca, porque según me confesó es el bicho que más miedo le da jijiji. No era broma, ya que este lugar además es reserva marina y es el hábitat de muchas ballenas (sobre todo orcas porque están haciendo repoblación de focas…).

Durante el trayecto pudimos parar en calitas vacías de arena dorada, rodear islillas y disfrutar de un buen día soleado en el mar.

Cuando llegamos a nuestro destino la primera sorpresa: un señor tratando de decirnos algo en un inglés con un acento que conocíamos bien, ¡era una pareja de madrileños! La verdad que eran muy majos, él muy montañero asiduo a excursiones por Panticosa, lo dicho, muy majo. Y la tía no se quedaba atrás, nos contó que corría maratones, y no veas cómo remaba la jodía! jeje Estaban de Honey Moon, de ahí se iban a Bali a bucear… afortunados algunos… en fin…

Continuaremos el viaje en el siguiente post. saludos!!

Como bien hemos explicado en algún post anterior, la fauna endémica de Nueva Zelanda es (o ha sido) muy rica en aves, voladoras y no voladoras. En este caso vamos a hablar de no voladoras una vez más, y en concreto de un ave que se extinguió no hace mucho por el ser humano: la Moa.

Eran aves no voladoras que habitaban en Nueva Zelanda. Se conocen diez especies de diferentes tamaños, desde la pequeñaa “Eurayapteryx curtus”, del tamaño de un gallo, hasta las moas gigantes, que alcanzaban los 3,7 metros de altura y tenían un peso de 250 kg.

Los moas aparecieron en el Cretáceo hace más de 90 millones de años, siendo sus parientes vivos más próximos, los tinamús de Surámerica, los kiwis, los casuarios y los emús de Australia están mas lejanamente emparentados siendo grupos divergentes de un mismo origen. Hasta tiempos modernos Nueva Zelanda y las islas que la rodean no estaban habitadas por mamíferos, por lo que era un ambiente que permitía a algunas aves adaptarse a hacer nidos en el suelo y a otras volverse no voladoras. Los moas se extinguieron alrededor del año 1500, poco después que los primeros cazadores maorís llegaran a las islas. Algunos creen que existieron pequeños grupos de moas hasta fines del siglo XVIII o inicios del XIX. De hecho, se cuenta algún avistamiento por parte de marineros a las órdenes de James Cook, en 1769.

Los moas, a diferencia del avestruz, el emú, el casuario o el ñandú, durante la evolución habían perdido completamente las alas, tal como ocurre con los supervivientes kiwis que se consideraban emparentados con los moas.

Para evitar la sobrepoblación, los moas alcanzaban muy tardíamente su madurez reproductiva: a los diez años de nacidos, como la especie de moa gigante “Dinornis robustus”. Esta demora facilitó su extinción, ya que no se dio una suficiente tasa de reposición ante el ritmo con el que eran cazadas por los maoríes. Los moas se alimentaban de semillas, frutas, hierba e incluso ramas.

La mayor parte de los huesos de moa se han hallado en ciénagas, otros en arena, lechos de ríos y cuevas secas, donde han quedado preservados trozos de piel y plumas. Se han encontrado multitud de fragmentos de sus huevos de cáscara gruesa, y algunos enteros, uno de ellos con un gran embrión en su interior.

Al contrario que los avestruces, los moas no tenían alas, ni siquiera alas rudimentarias. Sus patas eran muy robustas y relativamente cortas

 

Curiosidad:

Sus estrepitosos chillidos eran la mejor garantía para mantener la comunicación en el espesor de la vegetación. Las hembras, que debían ser algo más grandes que los machos, delegaban en ellos la tarea de incubar los huevos y el cuidado de los polluelos. Éstos, nidífugos y vivaces, salían de los gigantescos huevos (con cerca de 5 litros de capacidad en las especies más grandes) en un estadio de desarrollo lo bastante avanzado para seguir a su padre en pocos días. Como complemento a su dieta vegetariana, los más jóvenes comían también serpientes, invertebrados, ranas y otros animales pequeños de las islas